﻿     Prólogo
     
     
     
     Antes de la caída de Dios, solo existía un infierno. Tras su derrota, el inframundo se fracturó y renació en dos mitades. Con este nuevo averno surgieron nuevas historias, mundos que empezaban desde cero por segunda vez, cargados de posibilidades infinitas.
     Mientras esas historias tomaban forma, mientras los capítulos se escribían y reescribían, yo me preguntaba: ¿Dónde comienza realmente una historia?
     Demasiado tarde, y todo pierde contexto.
     Demasiado pronto, y la historia se disuelve en eternidad.
     La vida, en su germen, se ramifica en caminos incontables. Por cada alma que tocamos, se inicia otro ciclo. Allí hallé la clave: tomar una línea —la principal— regarla con las fuerzas que la moldearon, y seguirla hacia atrás. Hacia su nacimiento.
     Así descubrí cómo cada rama se une a un tronco común, y cómo ese tronco, con sus raíces profundas, transforma la tierra donde fue sembrado.
     Todo comenzó el día en que (re)nació el príncipe de la sabiduría. Un demonio del que, no importa quién lo invoque, todos coinciden: es más temible el monstruo que se contiene antes de morder, que aquel que enseña los colmillos al hablar.
     Y ese monstruo... fue mi mejor amigo.
     Todos fuimos ángeles alguna vez. Todos abandonamos la virtud para llegar aquí.
     Todos… excepto tú.
     En ti, la virtud persiste. La encuentran quienes te rodean. Incluso cuando fuiste padre y creaste tu primera familia; cuando el camino se ocultó ante tus ojos, lo hallaste al lado de tu hija.
     Y cuando ese mismo camino volvió a nublarse, tu virtud no te dejó caer.
     Nunca te sentiste el protagonista de tu historia. Y, sin embargo, actuaste como tal.
     Stolas Ars Goetia.
     Comandante de veintiséis legiones infernales.
     Enseñas a todos tu sabiduría en la astronomía, plantas, piedras y secretos.
     Pero dime...
     ¿Quién te enseñó a amar?

